Un viaje para el recuerdo

Enviado por buscapies el Sep 14, 2009 en Tú cuentas |

Este año estábamos decididas a irnos a Inglaterra en verano. Ya desde febrero, dos amigas y yo empezamos a hacer planes: consultamos internet, hablamos con amigos, visitamos compañías que organizaban cursos de idiomas…
Y en una de esas encontramos Richmond Upon Thames, un distrito de Londres, pequeño, acogedor y monísimo de la muerte. Total, que ya estaba decidido. Nos alojaríamos en una residencia universitaria rodeada de unos jardines preciosos y a unos diez minutos del centro de Richmond. Clases de inglés, actividades, excursiones,… todo incluido.
Y nosotras muertas de miedo ¡Era la primera vez que salíamos solas al extranjero durante tanto tiempo!
Por suerte, la espera pasó rápida; una semana después de acabar el curso y tras todas las compras que pudimos hacer, nos encontramos a las seis de la mañana en el aeropuerto, nerviosísimas. Y a partir de ahí ya no hubo que hacer nada; solo nos dejamos llevar hasta Londres. Avión, aeropuerto y avión otra vez.
Llegamos a la residencia (tras una maleta perdida y un taxista aún más perdido) y empezaron dos semanas maravillosas, sin un minuto de respiro. Por la mañana dos clases, luego la comida y actividades. Durante el tiempo libre visitábamos Richmond, su parque y sus tiendas, volvíamos corriendo y cenábamos. Otra actividad y ¡lights out! Eso cuando no tocaba día de excursión. Visitamos Thorpe Park, un parque de atracciones inmenso, el pueblo de Windsor y su castillo (en el que vimos a los típicos guardias y sus graciosos uniformes), Londres, donde vimos el musical del Rey León, la National Gallery…
Y, lo más importante, en buena compañía. Porque ya desde el primer día empezamos a desarrollar amistad con españoles, rusos, italianos, colombianos,… Al final de la primera semana nos sentíamos como si fuéramos amigos de toda la vida. Compartimos muchos buenos momentos, tanto en las clases como fuera de ellas: historias, risas, fotos, incluso lágrimas. Y no penséis que lo de las lágrimas fue por algún mal rollo, o por peleas o discusiones. Simplemente lloramos al irnos. La noche de antes empezaron los abrazos y los besos, los “encantado de haberte conocido”, y, claro, también los lloros. Pasamos así como una o dos horas; despedidas, intercambio de Messengers, números de móvil y Tuentis. Cuando mandaron a cada uno a su habitación nos acostamos y dormimos unas pocas horas, pensando que ya no les íbamos a volver a ver. Imaginaos la cara que se nos quedó cuando a las siete de la mañana alguien llamó a nuestra puerta y al abrir vimos a muchos de nuestros amigos, con una cara de sueño impresionante, que habían venido para despedirse.
Y al bajar a la recepción con las maletas, otros tantos nos esperaban sentados en los sofás. No hace falta decir lo emotiva que fue la despedida hasta que los profesores nos empujaron (literalmente) hacia la salida al ver que el taxi no esperaba.
Marta Rojo

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